miércoles, 1 de mayo de 2013


 


 

Mis padres aquel año por circunstancias, se tuvieron que quedar en Madrid y decidieron mandarme con unos amigos con los que solíamos salir a pasar algunos Domingos al campo, menos mal que su hijo era de la misma edad que yo.

Beatriz y Antonio eran amigos de mis padres de la infancia, sus hijos Yolanda y Oscar, éramos como hermanos, bueno con Yolanda ya no, desde que empezó a usar sujetadoderes se volvió una cursi repelente, ella tenía entonces 17 años y yo 13 al igual que Oscar, mi hermano David se quedo en Madrid, según él, se quería quedar a echar una mano en casa y así aprovechaba a recuperar dos asignaturas que le habían quedado, ya que mis padres decidieron hacer reforma en casa ese verano, aunque yo sabía perfectamente que David se quedaba, porque andaba con los ojos puestos en una chica y creo que no se fiaba de que alguno de sus amigos se la quitase. Lo que hace el amor de juventud.

Beatriz era de un pueblecito de León lindando con los Picos de Europa, sus padres los abuelos de Oscar Vivian también en Madrid, pero pasaban la mayor parte del año en el pueblo y ese año decidieron pasar allí las vacaciones, tanto Oscar como yo hubiéramos preferido que ese año el destino hubiese sido algún lugar de la costa.

Aquel año se preveía que los termómetros siempre el mercurio estuviese a punto de reventar más de un termómetro. Llego el día de partir, de mi padre me despedí la noche anterior ya que él trabajaba, mi hermano la noche anterior me estuvo dando consejos de cómo podía ligar con las chicas del lugar y si veía en la ducha a Yolanda que le llamase para contarle como era el tamaño de sus pechos, el muy depravado, mi madre mujer muy prevenida me tenia hecha la maleta hacia unos días, al verla pensé que diplomáticamente me echaba de casa, me sobraría la mitad de ropa que me llevaba, sobre todo a lo de lana, Beatriz la debió comentar que por las noches refrescaba en el pueblo, pero de llevar ropa porque refrescaba a llevar a llevar ropa de abrigo, hay diferencia, digo yo. Una vez cerrada la maleta, metidos los libros para repasar en la mochila, vinieron los consejos de madre cuando te separas unas semanas de ellas. Haz caso a lo que te digan, comete todo lo que te pongan sin rechistar, estaros tanto Oscar como tú en casa a la hora que os digan, no os acostéis tarde, nada de dar malas contestaciones, lávate los dientes después de que comas, repasa y haz los deberes que te han mandado en el colegio, etc, etc… Y gracias a que llegaron a recogerme, si no, acaban las vacaciones y estaría todavía con la retahíla de consejos maternales.

Serian las 9:00 de la mañana cuando llegaron a recogerme, menos mal que el coche que tenían los padres de Oscar era un monovolumen, metí mi maleta y mochila en la parte trasera, por la puerta detrás del conductor se acoplo Yolanda, deje que pasara antes que yo Oscar así quedaría él en el medio al lado de su hermana, pues llevaba unos pantalones cortitos y una camiseta ceñida marcando pecho y la verdad, no me apetecía nada ir todo el camino sonrojado echándola miradas, la verdad he de decir que en aquella época era un chico tímido donde los hubiera.

 


El viaje

Había amanecido un día muy luminoso, con cielo azul totalmente despejado de nubes, una mañana espléndida para viajar, a esas horas el sol todavía no descargaba con sus rayos mucho calor, Antonio llevaba en la consola central del coche varios cds, hasta que salimos a la autovía llevaba puesta la radio. Yolanda, Oscar y yo, llevábamos nuestros correspondientes mp3 y con los cascos preparados por si la música que nos ponía Antonio no era de nuestro agrado, yo sabía que tenía más o menos los mismos gustos que mi padre en lo referente a la música, la verdad que a mí no me desagradaba mucho la música de los 70 y 80, una vez en la autovía el primer cd que introdujo en la ranura de la radio fue `` Dire Straits - Sultans Of Swing ´´ mis cascos de momento se quedaron encima de mis piernas, mientras que Yolanda nada más arrancar su padre y doblar la primera esquina se los puso y Oscar iba entretenido explotando globos de un juego en su Nintendo.

Esa canción la ponía mi padre cada vez que salíamos de viaje aunque fuera a cualquier pueblo de los alrededores de Madrid, no sé si fue por la canción pero me empezaron a venir recuerdos de otros veranos pasados, hubo unos años que íbamos de camping a la zona de Valencia, esos fueron de lo mejor, esa libertad sin horarios, tan solo para la comida y la cena, las noches mirando las estrellas tumbado en la playa con los amigos que te hacías nada más llegar e instalar las dos tiendas de campaña que llevábamos.

Pero volvamos al viaje… transcurridos unos cien kilómetros, Oscar dejo de jugar con su consola y se quedo dormido, Yolanda seguía con sus auriculares puestos, los ojos cerrados y por sus movimientos de cabeza casi seguro que escuchando música movida, en la radio del coche Antonio llevaba puesto un cd recopilatorio de Los Beatles, mientras yo miraba por la ventanilla e imaginándome como seria el pueblo donde iba a pasar mis primeras vacaciones sin mi familia, según me había contado Oscar se juntaba parte de la familia de su madre, tías tíos primos y por supuesto sus primas que según el seguro que me gustarían todas. Llego el momento de que el monovolumen de Antonio necesitaba ser repostado de combustible y nosotros estirar las piernas, y alguno que otro hacer necesidades fisiológicas, estábamos a unos cien kilómetros de nuestro destino. Beatriz dio dinero a Yolanda para que comprase algo para engañar el estomago hasta que llegásemos al pueblo, era una chica de buen ver, pelo negro como el tizón iba con cola de caballo, pelo rizado, ojos almendrados tan oscuros como su pelo y aparte del pelo lo que llamaba mucho la atención eran sus labios bien marcados ante el color moreno de su piel, ella sabía que era una chica que gustaba y enamoraba a primera vista, lo que la empeoraba de su persona era su carácter prepotente quizás por ser una joven que dejaba prendidos a los chicos, a mi me gustaba también pero con ella mi me llevaba ni me dejaba de llevar, cada uno teníamos nuestro territorio y el mío en aquellas circunstancias solo lo compartía con mi buen amigo Oscar, este era de esas clase de amigos que te enfadarías solo con él, si no te acompañaba a la tumba, nos criamos juntos y nos llevábamos solo dos meses, como a mí no sé si por la edad, pero las chicas que nos gustaban eran las que creíamos que su amistad era lo principal, no vayáis a pensar que no nos gustaban las chicas, claro que nos gustaban y teníamos buen gusto para ellas. Acompañamos a Yolanda a la tienda de la gasolinera, cogió unos paquetes de patatas fritas y nos mando con algo de superioridad que fuéramos a cojer unas latas de refresco frías y con un rin tintín muy particular de ella y mirándonos de arriba abajo nos pregunto que si queríamos, podíamos coger unas bolsas de chuches, Oscar y yo cruzamos miradas y entre sonrisas las cogimos. Una vez todos subidos en el coche, Oscar ofreció chuches a sus padres.

-Umm, que ricas hacía tiempo que no las probaba - comento su madre.

-¡Oye niño a mi no me das! - exclamo Yolanda.

-¿Y si te salen lombrices? – contesto Oscar.

Todos sonrieron por la salida de Oscar, yo no pude contener la risa y con la mano puesta en la boca gire la cabeza hacia la ventanilla para disimular, cuando se me paso la ofrecí de las mías y sin apartar los auriculares de sus oídos y dando un codazo a su hermano me cogió un par de ellas. Así era la bella Yolanda, aunque en el fondo era una buena chica.

El viaje fue de lo más agradable, a falta de pocos kilómetros y creo que por lo bien que nos habíamos portado, Antonio y Beatriz nos deleitaron con algún que otro dúo a su manera de La puerta de Alcalá y de algunas otras canciones de los 80.

La carretera de entrada al pueblo, estaba en sus lados cortejada por grandes chopos que daban sombra a los paseantes de las tardes calurosas del verano, a lo largo de varios kilómetros.

Continuara…

sábado, 20 de abril de 2013



 

Creo que algún día me desnudare, pero mi desnudo será interior, espero poder algún día hacerlo sin necesidad de estar delante de un espejo, sin semejanzas a lo que vea.

Mirar en el interior de todos mis sentimientos, sobre todo los que están cicatrizados de tanto daño como han soportado, rencor nunca, perdonar siempre y en ciertas ocasiones sin olvidar.

Hacer un viaje al pasado desde lo mas profundo de mi conciencia antes de que sea demasiado tarde y quizás algún día la pierda, quisiera recordar las veces que no perdí perdón, por sin saber y sin querer pude hacer mal, seguro que serán muchas las veces y tener el valor de pedirlo antes de que pierda la valentía.

Mirar en el interior de mis manos y recordar el tacto de otras que me acompañaron entre las penumbras y secaron en momentos mis lágrimas, recordar también los momentos en los que las tendí y me las rechazaron quizás porque temblaban de miedo.

Recordar de nuevo el olor a madre, a hijas recién nacidas, las fragancias impregnadas de otras pieles que no volveré a oler.

Quizás lo peor será ver mi corazón desnudo ya cansado, ofrecido tantas veces. Orgulloso puedo estar de haberlo compartido tantas veces, unas por amor, otras por amistad y siempre con sinceridad. De lo que puedo estar orgulloso es que la mayoría de las veces ha sido correspondido con un <Gracias>. Seguro estoy que en mi desnudez interior no encontrare un ápice de rencor.

Sé que el día que llegue el momento de mi desnudez interior, tendré que arrepentirme, lamentarme, volver a llorar, pero intentare hasta que llegue el momento de tener mi conciencia limpia. También recordare los buenos momentos que están dentro de mi interior, esos que me han empujado a seguir riendo, a seguir disfrutando de la amistad, del amor que di y sigo dando, también del que recibí y sigo recibiendo, de los sueños hechos realidad.

No sé, si el día que me desnude interiormente, estará cercano o lejos, pero si me gustaría hacerlo con la única compañía de mi soledad y compartir con ella mi desnudez interior.

 

Rafael Huertas   

viernes, 29 de marzo de 2013



 

Una mañana de primavera lluviosa y la verdad no muy fría, ya que era a mediados de Marzo. Acompañe a un amigo hacer una gestión a un banco, el cual estaba ubicado en un local grande y como todos bien emplazado, hacia esquina a dos calles, la entrada al banco daba a la calle más concurrida de las dos, en la mitad del lateral del local, entre la marquesina de cristal del local y el borde de la acera con el asfalto de la calle, había un murete de aproximadamente un metro cincuenta y de unos tres metros de largo. En lo que mi amigo hacia la gestión en la caja, situada a la derecha del interior del local yo me quede viendo a través de las marquesinas acristaladas como caía una fina lluvia de las que te empapan hasta los huesos.

A través del cristal blindado del local vi algo que me dejo tocado durante todo el día, entre el murete y el lateral del local, una persona durmiendo, no se le veía el rostro ya que estaba girado hacia el murete y completamente tapado con varias mantas, estaba sobre dos colchones, en su cabecera dos cajas de cartón apiladas llenas no se dé que y un carro de un supermercado lleno y no de comida, si no de bolsas de plástico aparentemente con ropa, esos eran todos sus enseres y posesiones para pasar los días, lo que me llamo la atención y a la vez me dio que pensar, era lo surrealista del emplazamiento del murete que hacía de dormitorio para el indigente y la instalación en el interior del banco donde la cajera en ese caso, trabajaba y manejaba dinero, mientras cada vez que levantase la vista, viese a través de unas lunas lo más seguro blindadas, a una persona sin un techo donde cobijarse y quien sabe las veces que se llevaría algo al estomago, no quiero pensar ni imaginar lo que a esa mujer, en su lugar de trabajo se la podía pasar por la cabeza cada vez que levantase la cabeza después de contar billetes tras billetes.

Mi amigo y yo salimos del banco comentando la situación y sin ganas de volver a entrar a cualquier otro banco y no porque quizás en muchas situaciones como la que vimos en esa mañana ellos fueran los culpables, aunque en estos tiempos que corren sí que ellos podían solucionar el aumento de gente que se queda sin techo.

Comentando lo que había visto en esa mañana tan desapacible de primavera con un comerciante de la calle principal, me comento que el indigente se le veía una persona no problemática, que por las mañanas se acercaba a una cafetería enfrente de donde tenía su aposento y le permitían utilizar sus aseos para sus necesidades y aseo personal y donde le ofrecían la bollería sobrante de la mañana.

Espero que algún día no tengamos que ver, ni a través de marquesinas con cristales blindados, ni en parques, ni en calles donde haya cobijos para noches frías y desapacibles, a personas que aparte de serlo son seres humanos.

 

Rafael Huertas

Reflexiones en soledad

 

Un día con la compañía solo de la soledad, hice un repaso a mi vida, me di cuenta de la falta de perdones que tuve que pedir y cuantas veces me equivoque.

Recordé también a esas malas personas que pasaron por mi vida, aunque he intentado olvidarlas en infinidad de ocasiones, tengo que darles las gracias de lo feliz que me hicieron cuando desaparecieron de mi lado.

Si nuestras vidas fueran una película ¿Cuántos fotogramas quitaríamos de ella? Creo que sin tener esa oportunidad, lo mejor es recordarlas para así no tener  que decir ¡Corten! No tenemos el dominio de detener el tiempo, pero sí de rectificar cuando hay posibilidad.

Rafael Huertas
 

domingo, 3 de febrero de 2013

El trompetista



 

Me había ubicado hacia poco en la ciudad y esa tarde noche decidí darme un paseo por el centro.

Fue un día frio de invierno, por las calles los viandantes andaban deprisa para llegar a sus destinos como yo, a los lejos empecé a escuchar el sonido de una trompeta, me dirigí hacia la zona  para escucharla más de cerca, la calle de la cual salía ese sonido tan peculiar de una trompeta, era una calle con soportales los cuales a la vez de dar refugio a los viandantes y al músico, hacían de caja de resonancia a las notas musicales celestiales del instrumento. Era unas de las calles principales de la ciudad que desembocaban en la plaza mayor, tenía soportales ambos lados de la calle y allí estaba él, un músico callejero que imagine que se ganaba su sustento para vivir haciendo de su instrumento su modo de vida. La calle era peatonal la cual daba a lo que era el centro de la ciudad, una gran plaza rodeada también de soportales, los cuales hacían de apoyo a viviendas con balcones con barandillas de balaustradas de madera todas en perfectas condiciones. El músico un hombre entrado ya en los cincuenta, con la tez curtida y perilla bien recortada, iba vestido con pantalones negros, un chaquetón de piel vuelta de borrego, una bufanda larga colgando, guantes de piel negros recortados por los dedos y una boina a lo Che Guevara. No soy un experto en música, pero quede cautivado por su manera de tocar al igual que las personas que se paraban unos instantes para escucharle y agradecerle esos minutos celestiales de música, echándole unas monedas a un maletín en el cual transportaba el instrumento, de color plateado resplandeciente. A unos metros de donde tenía montado su escenario sin bambalinas había una cafetería, después de escucharle un par de obras musicales, me acerque a él y le pregunte…

-¿Me permite que le invite a un café?

- No gracias, todavía necesito sacar unas cuantas monedas más.

Entre a la cafetería a tomar un café ya que era lo que apetecía en la noche fría, desde el interior del establecimiento se escuchaba de fondo las notas musicales del músico callejero, lo que llamo mi atención era que las mesas más ocupadas eran las que estaban más cercanas a la calle, me di cuenta que no era yo solo el que se quedaba embelesado escuchándole. Al salir de la cafetería vi como el músico recogía su pequeño escenario y en un pequeño apartado del maletín de la trompeta echo las monedas esparcidas que había en el interior, cogió un paño y como de una pieza de museo se tratase, limpio su instrumento, aunque yo diría más bien que lo acariciaba.

Me acerqué a él…

-Buenas noches de nuevo, no quiero incomodarle, solo quería saber si mañana tocara también aquí, me gustaría saber a la hora que viene.

-Suelo venir siempre por las tardes, por las mañana me dedico a buscar trabajo.

-Gracias es usted muy amable y buen músico, espero poder escucharle mañana de nuevo, buenas noches y gracias.

Me dirigí al hotel donde me hospedaba, hasta que encontrase algo para alquilar ya que tendría que pasar una larga temporada por cuestiones de trabajo, de camino el frio seco, las estrellas que querían arroparse junto a la Luna llena y las ondas de las melodías de la trompeta que todavía tenía retenidas en mis oídos me acompañaron hasta llegar al hotel.

A la mañana siguiente, antes de dirigirme al trabajo fui a tomar un café a la cafetería donde la noche anterior estuve escuchando las últimas melodías interpretadas por el músico callejero. Me había fascinado como hacia hablar a su instrumento ¡Sí hablar! Porque creo que aparte de las composiciones que salían de su trompeta, a través de ella pronunciaba también sus sentimientos.

Pregunte al camarero por el músico…-¿Sabe a qué hora se suele poner a tocar el músico?

-Suele venir entrada la tarde.

-Y durante el día ¿sabe si toca en otro sitio?

-No, no lo sé de hecho casi nunca entra en el establecimiento, algún día incluso le hemos invitado a un café para agradecerle el hecho de que muchos clientes vienen a tomar algo simplemente por el hecho de escucharle tocar y siempre se ha negado.

 Salí de la cafetería, con la intriga de saber algo de él. El día le tenía libre y lo quería dedicar a conocer un poco la ciudad y de paso ver si encontraba algún piso para acomodarme los meses que iba a estar en la ciudad. En frente de la cafetería había una farmacia la cual tenía un cartel de se alquila piso, pase a preguntar por él... La farmacia era la típica botica antigua, con sus botes de loza en los estantes de madera trabajadas, estaba justo enfrente donde emplazaba su humilde escenario el músico, junto a una de las columnas de los soportales, tumbado y mirando al frente, un perro de no sé cuántos cruces de razas podía tener, su aspecto era de abandonado una oreja toda estirada y la otra caída, su mirada la tenía fija hacia donde se emplazaba el músico…

 

El trompetista II

 

-Buenos días, venia por lo del piso en alquiler.

-Buenos días, si acompáñeme por favor.

Me acompaño a ver el piso la farmacéutica.

-Mi nombre es Diego.

-Encantada el mío es Sagrario.

Era una mujer amable de trato muy agradable, el piso estaba encima de la farmacia, la entrada estaba justo al lado del local, el piso era muy espacioso y luminoso, estaba amueblado con muebles de época, con buen gusto, parecía tener historia la vivienda.

-Me gusta…, la comente. Después de hacer el trato sobre la condiciones de alquiler, me dio las llaves y la invite a tomar un café. No pude quedarme con la curiosidad de saber si ella sabía algo sobre el músico.

-Lo poco que se dé él es, que se llama Luis, su padre y el mío fueron grandes amigos hasta que su padre se fue con una compañía de varietés, su padre también era músico y también tocaba la trompeta, mi padre estuvo en contacto con él por cartas hasta que se casó con una vedet de la compañía. Luis no hace mucho que se emplazó en la ciudad, un día empezó a tocar enfrente a la farmacia, mi padre era el farmacéutico y el primer día que lo escucho tocar, tubo la corazonada de que esa trompeta la había escuchado hacía ya muchos años y no dudo en acercarse y hablar con él, al preguntarle por su identidad, mi padre lo abrazo y le conto de su amistad con su padre. Desde entonces mi padre no dejaba de contarnos historias pasadas en compañía del padre de Luis, mi padre padecía una enfermedad que no tardo en llevárselo, lo único que le puedo decir es que desde que Luis apareció hasta su muerte, fue como un empujón para luchar unos meses más en su lucha contra su enfermedad. Por lo demás, en la ciudad nadie sabe más de su vida anterior antes de llegar a la ciudad.

-Gracias por contármelo, la verdad es que embelesa con su forma de tocar.

-Sí, es verdad nosotros estamos encantados con que nos deleite con su música.

Al salir de la cafetería acompañe hasta la puerta de la farmacia a Sagrario, allí estaba el perro, tumbado al pasar por detrás de él, se giró y me miro moviendo su rabo si es que se le podía llamar así, lo tenía de manera enroscado que parecía una ensaimada, me dirigí al hotel a por mis enseres, para ubicarme en el piso.

Ya con mis cosas en el piso, baje y me dispuse a ir a la cafetería a comer algo, nada más salir vi a Sagrario echando el cierre a la farmacia.

-Hola Sagrario voy a comer ¿Me permites que te invite?

- También me dirigía hacerlo. Ya que usted es el forastero, por ser la primera vez invito yo, suelo ir a un restaurante que está en las afueras de la ciudad.

-Está bien acepto y por dios, el de usted, de ahora en adelante quítatelo de tu vocabulario hacia conmigo.

La comida fue muy amena, me estuvo contando episodios de su vida…, una vez terminada la carrera de farmacia en la capital, se vino de nuevo a la ciudad ayudar a su padre en la farmacia ya enfermo, su madre falleció siendo ella una niña, era hija única, estaba soltera y con ganas de vivir bien la vida dentro de sus posibilidades. El piso, me dijo que fue donde vivió la familia, ella tenía su propia vivienda y el hecho de alquilarlo, aunque no tenía necesidad, siempre la venia bien un extra. Era morena con el pelo corto, ojos rasgados algo verdosos, de muy buen ver y de unos cuarenta años.

-Perdona que te pregunte sobre el músico, parece como si su música me hubiera calado muy adentro.., la comente.

-¿Recuerdas algo más sobre el músico?

-Lo que más se ha quedado grabado de él, bueno más que de el, el tema y la forma de tocar el tema <El silencio> en el entierro de mi padre, la verdad que no le vi y los que allí se encontraban tampoco, nunca le vieron en los alrededores, a los pocos días después del fatal desenlace para mi, cruce la calle y le di las gracias por el detalle, su respuesta fue…,-no fui yo quien toco, seguro que fue algún ángel-. Desde entonces las únicas palabras que he cruzado con él han sido para saludarle. Mientras Sagrario, me contaba ese episodio, unas lagrimas descendieron por sus mejillas y a mí de imaginármelo se me puso el vello todo erizado.

Las horas que pasamos conversando durante la comida y  la sobremesa, se nos hicieron cortas, nos dirigimos de nuevo hacia el centro de la ciudad. Y como no, allí estaba el perro sin cambiar de postura esta vez sentado y con su mirada fija donde se ponía el músico, parecía como si no quisiera perderse ni una actuación del músico. Sagrario abrió la farmacia y yo me subí al piso, pues aun me quedaba algo de ropa por guardar. Salí al balcón, no es que fuera muy espacioso había una mesa redonda de  forja a juego con dos sillas, la tarde aunque era algo fría, me apetecía fumarme un cigarrillo tranquilamente, mirando en uno de los muebles de la cocina encontré una botella de vino sin descorchar, tenía ya sus años, la abrí y aunque no entiendo de vinos me pareció que se encontraba bien para el paladar, me puse un abrigo y salí al balcón acompañado de la copa de vino y la botella, nada mas encender el tan deseoso cigarrillo, empecé a escuchar la melodía de la primera canción que interpretaba el músico. Me levante de la silla para verle, pero era imposible aunque la calle era ancha el estaba justo pegado a la pared del edificio de enfrente. Estuve en el balcón hasta que escuche el cierre de la farmacia, un impulso me hizo dejar la copa de vino y la botella para bajar por si veía a Sagrario, pero no fue posible, al bajar ella ya se había ido. Creo que me empezaba a gustar.

Cruce la calle para acercarme y en el primer instante que pudiese, hablar con Luis, en cuanto termino una de la interpretaciones, me acerque y le comente…

-Perdone que le moleste, pero me gustaría tomar un café con usted y saber algo del padre de Sagrario…, el se quedo sorprendido, pero creo que acerté con la escusa para poder entablar una conversación con él.

-Está bien, una vez que acabe ¿dónde quiere que nos veamos? Me pregunto…

-Si le parece en mi casa, he alquilado el piso de encima de la farmacia, así me hace el honor de ser el primer invitado para tomar un café.

-Allí nos vemos, entonces…, no pareció poner ninguna excusa, creo que le pille algo fuera de lugar al nombrar al padre de Sagrario.

 

 


 

Las horas fueron pasando, el balcón lo dejé entreabierto para escuchar el sonido de la trompeta, mientras tanto preparé algo sencillo para cenar. El silencio de la calle lo rompía el ruidoso chirriar de los cierres metálicos al caer de los establecimientos.

Sonó el timbre…, abrí la puerta, era Luis, traía en su mano el maletín de su instrumento, pero un momento…, no venía solo venía acompañado del perro de la calle, a mi no me importaba ni me molestaba su presencia, pero…

-Buenas noches Luis, mi nombre es Diego.

-Muy buenas noches Diego.

-No sabía que el perro fuera suyo, Luis.

-No, no lo es, pero nada más abrir la puerta se me adelantó y no puede hacer nada para que no subiera, si quiere lo cojo y lo bajo a la calle.

-No, déjalo a mi no me molesta siempre y cuando no destroce nada, sabes que el piso no es de mi propiedad. No he cenado todavía y he pensado que podías acompañarme a picar algo antes de tomarnos un café.

-Se lo agradezco, pero antes de nada quiero que sepas que no soy un mendigo ni ando por la vida intentando dar pena.

-No, por dios, no es mi pensamiento sobre ti, pero si te he molestado con no probar bocado todo solucionado. Lo único que tu forma de tocar me ha fascinado, llevo pocos días en la ciudad y desde que escuché como tocabas y viéndote, más parece que acaricias la trompeta, me embrujó su sonido, se que suena raro, pero estos días no he podido quitarme de la cabeza sus sonidos, cada sonido cada tono…, no sé cómo explicarlo, por eso quería conocerte a ti que eres el artista, aunque no entiendo nada de música, pero creo que eres un gran músico y se te ve mejor persona.

-Te agradezco los elogios.., me contesto Luis.

No pusimos a picotear algo de fiambre y algunas latas de conservas, acompañandos con la botella abierta que encontré en la cocina. Mientras, el perro se sentó también al pie de la mesa, no nos quitaba ojo, no sé si por no perderse alguna frase de nuestra conversación o por coger al vuelo algún desperdicio de comida, una vez engañados nuestros estómagos, recogí la mesa y lo poco que sobró de fiambre y de pan se lo puse al perro en un plato,  para que degustase también de la pobre cena. Me levanté a por la cafetera con el café recién hecho, nos sentamos en el sofá, le pregunté que si fumaba…

-No gracias.

-Si no te molesta yo sí aunque no mucho, pero hay momentos en los que fumar un cigarrillo se me hacen más especiales.

-No, no me molesta estás en tu casa, hubo un tiempo en que fumaba, pero lo dejé.

-¿Cómo es que viniste a esta ciudad?- Le pregunté…, para entrar en situación.

-Aunque no sea de aquí, esta ciudad siempre la he llevado conmigo gracias a mi padre, el nació aquí, su juventud la pasó entre estos soportales y la plaza, ensayando con la trompeta que le regaló mi abuelo, hasta que conoció a mi madre, bailarina de la compañía que actuó en la ciudad, la compañía le contrató y sus vidas transcurrieron de escenario en escenario, hasta que nací yo. Mi madre dejo de trabajar, al cumplir yo los siete años, para poder atenderme mejor, la ilusión de mi padre era que estudiase música, pasaron los años y nos instalamos en la capital ya que la compañía después de cada gira por todo el país, acababa siempre en la capital. Mi infancia, hasta entonces la pase entre bambalinas como espectador privilegiado, desde que empecé a soplar y mi padre no actuaba, mi juguete fue su trompeta.

Éramos una familia feliz, hasta que a mi padre le detectaron una enfermedad pulmonar y tuvo que reducir sus actuaciones, en una de esas actuaciones, una noche al salir del teatro donde actuaba, unos maleantes le delinquieron para robarle, no solo le robaron el poco dinero que llevaba, sino que también quisieron robarle su trompeta, su herramienta de trabajo con la cual sacaba el sustento de su familia. Según nos conto, después de entregarles la cartera le pidieron que les entregase el maletín, mi padre se negó rotundamente y durante el escarceo que tuvo con ellos, pudo abrir el maletín donde llevaba su trompeta y la utilizo como arma para defenderse, a mi padre le encontraron en la calle herido y agarrado a una de las partes de la trompeta que quedo útil. Una vez recuperado de las heridas y magulladuras de la paliza, todo su afán era arreglar su instrumento, nos dijo que se tendría que ausentar unos días para llevarla a reparar.

La verdad es, que mi madre y yo pensábamos que la trompeta no tendría arreglo, estaba hecha pedazos, aunque mi padre pudo recoger los trozos esparcidos del instrumento, después de golpear a los maleantes y los que se llevo no sabemos contra que. Le intentamos convencer que sería mejor comprar una nueva, con lo que costaría arreglar la vieja, mas el viaje y la estancia de lejos de casa, se podía comprar una igual o aun mejor.

Siendo en vano nuestros intentos de convencerle, llego el día en que salió de casa con el maletín maltrecho y las piezas de la trompeta dentro. Pasaron ocho días desde que se fue cuando… Desde la calle pudimos escuchar el sonido de la trompeta, era mi padre tocando su instrumento, sin ver la trompeta yo sabía que era la misma incluso puedo afirmar que incluso sonaba mejor que antes, mi madre y yo nos asomamos a la terraza, y ahí estaba mi padre, en la calle con la trompeta izada al cielo y rodeado de gente escuchándole.

Pasado unos meses mi padre falleció,  la situación económica a mi madre y a mí nos fue mermando, aunque mi madre trabajaba limpiando cuando le salía alguna casa. La paga que la quedo de viudez, no llegaba para que yo entrase en el conservatorio como mi padre quería, mi madre no quería que yo dejase de estudiar en aquel tiempo yo tenía dieciséis años, para pagar la matrícula del conservatorio, mi madre me comento que empeñando la trompeta de mi padre nos ayudaría a pagar la matrícula, yo me negué en rotundo una y mil veces, mi madre me dijo…,-Hijo si viviera tu padre haría lo mismo que yo.- Tenía que pensar que el sueño de mi padre era que yo estudiase música y no le podíamos defraudar.

Muy a mi pesar, acompañe a mi madre a la casa de empeños, con lagrimas en los ojos mi madre y yo dejamos la trompeta, el valor de ella era el triple de los que nos dieron, fueron pasando las semanas, cuando un día recibimos una llamada telefónica de la casa de empeños para que fuéramos hablar con el responsable de las ventas.

Nos recibió el encargado de ventas.

-Le he hecho venir, porque el instrumento que empeñaron aquí hace varias semanas,  tiene mucha aceptación para la venta, pero cada vez que se lleva un cliente la trompeta nos viene con el instrumento llamándonos estafadores, quienes se la llevan no son capaces de hacerla tocar una nota.

-Por favor si no le importa, traiga la trompeta y que la pruebe mi hijo…, le dijo mi madre…

Recuerdo que, con las manos sudorosas cogí la trompeta.., a mi mente vinieron recuerdos de mi padre tocándola, desde de su muerte no saque nunca le trompeta de su maletín.

La cogí, la puse entre mis labios temblorosos y las notas fueron saliendo como si de una fábrica de melodías se tratase…, el señor de la casa de empeño quedo asombrado, no se lo podía creer.

-Les pido perdón, pero parece cosa de magia, si no lo escuchan mis oídos no me lo creo, todas las personas que han venido a comprarla y entre ellas músicos, no han sido capaces de sacar una nota de ella…, nos comento el hombre todo asombrado.

-Si les parece y se la quieren llevar, me dan lo que se les pago por ella y tan amigos…

-El dinero que conseguimos por ella, era para emplearlo en el sueño de mi difunto marido, el quería que nuestro hijo ingresase a estudiar música en el conservatorio y sin este dinero no podrá…, le explico mi madre. Al hombre se le cambio el semblante y tras unos segundos, su contestación fue…

-Está bien entiendo su situación, escuchando como toca su hijo la cultura a veces tiene que estar por encima de los negocios.

-Muchas gracias, es usted un gran hombre, le estamos muy agradecidos por el  detalle…, le contesto mi madre.

-Salimos de la casa de empeño, con los ojos empañados en lágrimas, después de ese día no hubo momentos que me separara de la trompeta de mi padre.

Fueron pasando los años, yo acabe mis estudios en el conservatorio, me independice de mi madre, desde entonces me he dedicado a llevar una vida algo bohemia, viviendo de lo que he ido obteniendo tocando en la calle, el día que mi madre me necesite volveré con ella, estamos siempre en contacto y así, ha sido mi vida Diego.

-¿Pero y el secreto de que nadie, sacara una nota a la trompeta no siendo tu padre o tu?

-Mi madre y yo, nunca supimos donde fue mi padre a reparar la trompeta, cada vez que le preguntábamos, su respuesta era siempre la misma dirigiéndose hacia mi...-Hijo, la trompeta fue un regalo de tu abuelo para mí, algún día será tuya, cuando ella precise de ti, las melodías que salgan de ella, te trasladaran donde la tienes que llevar-. Esa era su respuesta siempre.

-Durante unos instantes nos quedamos los dos en silencio saboreando el vino, mientras, el perro estaba tumbado sin quitar ojo a Luis.

Me quede mirando al perro, y le pregunte a Luis…

-¿Oye que sabes del perro? de los días que llevo por aquí, siempre me le encuentro al lado de la farmacia y con la mirada perdida hacia donde tú te pones a tocar.

-Lo sé, desde el primer día que empecé a tocar allí, ahí está el, debe ser que es verdad que la música amansa las fieras Diego…, me contesto con unas carcajadas.

El tiempo que pasamos juntos, fue de lo más ameno, creo que en mi corta estancia que llevaba en la ciudad había conocido a un gran amigo.

Desde entonces cada vez que oigo música la vida me sonríe de otra manera.

 

Rafael Huertas

 

martes, 22 de enero de 2013

Tu mirar

 

 

 

 





Tu mirar me desborda, como gota fría,

fría se me queda la sangre,

que digo fría,........

helada, al no sentir tu calor en la madrugada,

en la madrugada, sueño con tus caricias,

tus caricias las espero, como niño, sueña con sus fantasías,

fantasías las que yo quiero, contigo amor,

amor que me abandonas, cuando se duermen las estrellas,

deseando que me despierte el sol,

para calentarme la sangre, que tu me dejas fría,

fría, que digo fría,...... helada,

esperando a que tu mirar,

no me abandone, en la madrugada.


Rafael Huertas

Una noche cualquiera La leyenda de Niyol





 

 

Hace muchísimas lunas.

En un poblado Navajo, cuentan que una noche en la cual rugieron los espíritus del viento, nació la hija de un gran jefe, la llamaron Niyol (Hija del viento). Desde pequeña su pasión eran los animales y la naturaleza, cuentan que era capaz de comunicarse con ellos atraves de la mirada. Con los años se hizo una joven hermosa, de ojos grandes y algo rasgados de color azul celeste, una gran melena larga que se dejaba acariciar por la brisas, llevaba una cinta rodeando su frente, dicen que la cinta y un colgante que llevaba con un colmillo de lobo, eran de un gran brujo antepasado suyo que tenia poderes para comunicarse con los espíritus de los animales.

Su padre el gran jefe Kostichi, en su mayoría de edad le regalo a Niyol una lobezna la cual la acompañaba allá donde fuera, Niyol la bautizo con el nombre de Yuma.

Un día en unos de sus largos paseos a caballo se adentro en un gran bosque de hayas, una vez en el corazón del bosque se acerco a la orilla del río que lo cruzaba para que bebiera su caballo, su amiga Yuma de pronto se puso delante de ella aullar protegiéndola y a gruñir enseñando sus grandes colmillos y con la mirada fija a la otra orilla, cuando de pronto...

En la otra orilla vio como hacia lo mismo un joven cazador de otra tribu, el joven cazador se dispuso a cruzar el río para saludarla de cerca, sus miradas se cruzaron de tal forma que Yuma dejo de gruñir, que sería lo que noto Yuma que hasta se dejaba acariciar.

El era un joven cazador, con una melena por encima de los hombros, de ojos negros y grandes, fuerte, de piel curtida

-Mi nombre es Artax, hijo del gran jefe Dozzhaahii (Caballo salvaje) ¿Y el tuyo?...

-El mío es Niyol, ¿Qué haces por estas tierras?

-Estoy de cacería, para llevar comida a mi poblado.

-¿Si me dejas? me gustaría acompañarte aunque no es de mi agrado ver matar a animales, aunque comprendo que es la ley de nuestra naturaleza, siempre y cuando no se haga por placer de los humanos.

Después de mucho caminar por el bosque, no encontraron nada que cazar, la noche se echaba encima del bosque y cada uno tenía que volver a sus poblados.

Quedaron en verse al día siguiente, en el río.

Amaneció el día siguiente con un radiante sol, despertado por los sonidos que venían del bosque, corría una ligera brisa que hacia bailar la alta hierba de la pradera.

Con los primeros rayos del sol, Niyol despertó a Yuma, cogió su caballo y como nunca había cabalgado, a la velocidad de un rayo, fue a su encuentro con Artax.

Nada mas cruzar el río, vio como Artax recogía su manta y su arco.

-¿Has dormido aquí? Le pregunto Niyol

-Si, no quería llegar tarde a nuestra cita..., le contesto Artax con la voz entrecortada y el semblante sonrojado, no podía disimular su enamoramiento hacia ella.

Se adentraron de nuevo en el bosque en busca de una buena pieza, Yuma y los caballos se quedaron en la orilla del río, para no espantar a los posibles animales que se cruzaran en  la cacería.

Se escondieron detrás de uno matorrales frondosos, esperando...

De pronto..., apareció un gran alce, por su cornamenta era ya bastante adulto y una buena pieza para dar de comer a su poblado. El preparo su arco con una flecha bien afilada, después de un instante apuntándolo disparó dando en el blanco, el alce estaba herido de muerte y para que no sufriese, rápidamente saco otra flecha la disparo y el animal cayo muerto.

Los dos se dirigieron hacia el río, ya que Artax tenía que arrastrar el cadáver del animal, con su caballo hasta su poblado. Niyol aguanto sus lágrimas delante de la presencia de Artax, no quería que viese el dolor que sentía, aunque ella entendía que esa muerte era necesaria para el sustento de su pueblo y así seguir, con las reglas impuestas por la naturaleza. Artax disimulo, como si no se hubiera dado cuenta de su dolor. Al llegar al río, Artax la pregunto...

-Niyol. ¿Quieres que te acompañe, hasta tu poblado?

-No gracias, en tu poblado te estarán esperando, pero si quieres quedamos de nuevo mañana me gustaría enseñarte, desde donde sueño que vuelo..., contesto Niyol.

-De acuerdo, si quieres quedamos en tu poblado.., dijo Artax.

Niyol subió a su caballo acompañada de Yuma y se dirigió al risco mas alto dando un rodeo al poblado, acompañada de Yuma empezó a subir hasta lo más alto. Una vez alli  rompió a llorar por la situación vivida. Las vistas desde lo alto, eran de las más espectaculares que se podían ver. Se veía, desde la gran llanura árida, su poblado, el bosque y una extensísima pradera con cientos de cabezas de búfalos y caballos salvajes. Así era el lugar que se divisaba desde lo alto, desde donde Niyol soñaba con algún día volar.

Con su compañera Yuma sentada a su lado y con la mirada perdida hacia el horizonte, Niyol se dispuso a cantar un canto indio implorando al viento.

Cuando de pronto una suave brisa empezó a ondear su melena, en lo que ella continuaba con su canto, la brisa paso de ser suave a ser un fuerte viento, se formo un remolino de color gris alrededor de su cuerpo, de pronto dejo de escucharse su voz, se empezó a escuchar en todo el valle del poblado, los aullidos de Yuma.

De pronto un silencio se apodero del lugar y se escucho…

-Niyol... Desde ahora pertenecerás al mundo de los espíritus indios, serás el espíritu del viento

Al día siguiente Artax, se presento a buscar a Niyol tal y como habían quedado, se dirigió a la tipi del gran jefe Kostichi.

-Me llamo Artax, soy hijo del gran jefe Dozzhaahii, vengo buscando a Niyol me dijo que me llevaría al lugar donde ella sueña con algún día poder volar.

-Ella no durmió en el poblado anoche, imagino que abra pasado la noche en el gran risco, aunque la tengo prohibido que suba ella sola alli, es un lugar sagrado donde imploramos a nuestros espíritus guardianes..., contesto Kostichi.

Artax se dirigió hacia el gran risco en busca de Niyol, en la subida vio como sobrevolaba una gran águila, su vuelo era majestuoso surcando en las alturas. De camino ya casi en lo alto vio a Yuma acercarse hacia el, se puso a darle con su hocico en las piernas como queriéndole decir algo, Artax quiso entender que la siguiera ya que el camino hasta la cima era algo escabroso y peligroso.

Una vez en el pico más alto, vio que Niyol no se encontraba alli.

El quedo asombrado de las vistas tan fantásticas, que se veían desde lo alto.

De pronto se levanto algo de viento, empezó a escuchar un canto con la voz de Niyol, el sintió la presencia de ella.

-¡¡Niyoool!! ¡¡ Niyoool!! Grito desesperadamente cuando de pronto..., empezó a levantarse un fuerte viento, el mismo remolino que se formo cuando desapareció Niyol, se volvió a formar, alli estaba ella como suspendida en el aire y con unas grandes alas de águila, no daba crédito a lo que estaba viendo.

-Atarx perdóname, pero este era mi destino desde que nací..., siempre que galopes por las grandes praderas y bosques, yo seré tu acompañante. Le dijo Niyol...

Fue cuando el se dio cuenta, que el sueño de Niyol se había hecho realidad y que ya pertenecía al mundo de los espíritus indios.

Bajo rápidamente de los riscos, para dirigirse al poblado de ella para comunicarle a su padre, lo vivido.

Se monto en su caballo, una vez en la gran pradera y galopando tan deprisa como nunca lo había hecho. Vio en la lejanía como se iba formando una gran nube oscura, una vez debajo de ella, sintió como su caballo y el eran absorbidos por algo sobrenatural y escuchando una voz que le decía...

-Artax... Ha llegado tu momento de pertenecer como lo ha hecho Niyol al mundo de los espíritus indios, tú serás el espíritu de la amistad, prudencia y honor. Te convertirás en un caballo pura sangre indio. 

-Así, fue como Niyol y Artax se convirtieron en unos espíritus, para ser invocados cada vez que nuestros pueblos indios necesiten de ellos, siempre estarán juntos ella convertida en una gran Águila surcando los cielos, velando por los intereses de la naturaleza al igual que el, convertido en un veloz caballo blanco con manchas negras.

Nunca temáis a nuestros espíritus, se han ido convirtiéndose así desde que nació la primera Luna.

Así fue como acabo la leyenda el viejo brujo del poblado Wahkan.

 

 

 

 

 

 

Yo después de al experiencia vivida en el sueño, os puedo decir que a partir de ahora tendré mas en cuenta los mandamientos indios.

Trata la Tierra y a todo lo que hay en ella con respeto.

Muestra gran respeto por tu semejante.

Trabaja junto para el beneficio de toda la Humanidad.

Da asistencia y cariño donde se necesite.

Haz lo que creas que está bien.

Mira después el bienestar del cuerpo y la mente.

Dedica una parte de tus esfuerzos al bien común.

Sé sincero y honesto siempre.

Hazte responsable de tus actos.
Rafael Huertas