domingo, 30 de junio de 2013

EL SENTIR DE LA VIDA



El sentir de la vida no es un sentimiento mas,
es el placer de tener necesidad de vivir.
No caer en el abismo de una soledad sin ninguna salida. 
Sentir la necesidad del aliento fresco de los amaneceres.
Sentir el calor de una mano amiga que te guie por el camino sin errores.
Es sentir el calor de unos labios desnudos.
La necesidad de ayudar sin que nadie te lo pida.
Hacer del caer de las lágrimas, un lago de felicidad.
La necesidad de tener el apoyo de alguien, que te hirió en alguna batalla.
Es a veces tener el compromiso de perdonar, a quien nunca te perdonará.
El sentir de la vida es un largo camino, no perdamos la oportunidad que nos ofrece la vida de sentirlo.

Rafael Huertas-10-10-2012

domingo, 16 de junio de 2013

MOTEL TERROR


Relatos de Jesús Vera y Rafael Huertas

 

MOTEL TERROR

 

El coche se paró de repente en una carretera secundaria y solitaria, echamos andar a lo lejos vimos unas luces que se apagaban y encendían, parecía un motel de carretera. Tenía una zona de aparcamiento en la entrada, al acercarnos a la puerta las luces que parpadeaban del cartel de la carretera se apagaron, no había ningún coche aparcado, lo único que se escuchaba era el sonido nuestros pasos dirigiéndose hacia la entrada.

La recepción estaba vacía, sobre el mostrador de recepción había una campanilla, la hicimos sonar varias veces nadie apareció, después de desaparecer el sonido campanilleante, un silencio sepulcral se apodero del entorno. Después de esperar unos minutos, nos dirigimos hacia la entrada donde un letrero indicaba habitaciones, mi amigo y compañero de viaje Jesús y yo lo único que deseábamos era descansar de tantas horas de viaje. Cruzamos lo que parecía la entrada a un largo pasillo con lámparas colgadas de las paredes con luces tenues, ambos lados puertas entreabiertas, no cabía duda de que el motel estaba completamente vacío y aquello era muy raro pues no había indicios de desperfectos ni de que estuviera abandonado.

Sin pensarlo, echamos andar por el pasillo para acomodarnos en dos habitaciones, las luces empezaron a encenderse y apagarse, notamos como una brisa fría traspasaba nuestros cuerpos, las dos primeras puertas estaban situadas a la derecha del pasillo y estaban entre abiertas, al llegar a su altura las luces interiores se encendieron, Jesús y yo cruzamos nuestras miradas.

-Rafael, no lo pensemos e intentemos descansar, no estamos haciendo nada incorrecto, mañana pagaremos las habitaciones, llamaremos a que nos reparen el coche y seguiremos nuestro camino-  me comento.

-Así lo haremos, pero aquí ocurre algo anormal Jesús, hasta mañana que descanses.

Cada uno nos dirigimos a una habitación, yo entre en la primera la 101.

 

Habitación 101

Nada más cruzar la puerta, esta se cerró de repente al pasar a la habitación, me quede perplejo ya que no vi que hubiera mecanismo para que las puertas se abrieran ni cerrasen solas.

La habitación era sencilla como la de cualquier motel de carretera, paredes pintadas en color ocre, del techo colgaba una de esas lámparas que a su vez tienen un gran ventilador con grandes aspas, una cama bastante amplia, un sifonier de varios cajones, una mesa escritorio debajo de una ventana que daba al aparcamiento con una silla giratoria, en un rincón un sillón orejero, dos mesillas ambos lados de la cama, en una de ellas un teléfono, enfrente a la cama un armario empotrado de dos puertas una de ellas de espejo y justo al lado, el baño completo con ducha, un televisor sobre un mueble bar vacio de bebidas, todo ello en buen estado y aparentemente limpio. El único equipaje que llevaba era una mochila, al dejarla sobre  la mesa del escritorio, me fije que había una llave, debía de ser la llave de la habitación.

Me dispuse a darme un baño rápido y descansar, una vez tumbado en la cama descolgué el teléfono el cual no tenia línea como sospeché, por un momento me quede pensando en lo extraño del motel.

No sé qué hora seria, cuando me despertaron unos ruidos de pasos, lo más extraño es que provenían de la parte de arriba de la habitación.

¡Pero un momento, el edificio era solo de una planta! Los pasos rompían el silencio de la noche, recorrían el largo de la habitación de un lado para otro sin parar, del techo a la  cubierta del edificio no había altura para que nadie pudiera andar, los pasos no paraban. Me levante para dirigirme a la habitación de Jesús, la puerta estaba cerrada con llave, cogí la llave que se encontraba sobre la mesa escritorio, pero esa llave no abría la puerta. Los pasos pararon al intentar abrir la puerta.

El teléfono empezó a sonar, lo descolgué pero no escuche por el auricular nada ni a nadie. Volvieron los pasos por el techo y el televisor se encendió, no vi el mando a distancia por ningún sitio, lo desenchufe de la corriente y se apago, todo transcurría muy deprisa, hubo un instante que pensé que podía estar teniendo una pesadilla, me senté en el sillón para intentar tranquilizarme, creo que me quede transpuesto no se cuanto tiempo, cuando desperté…

¡Dios! Sobre la cama yacía una mujer rodeada por todo su cuerpo con alambre de espinos, Le habían vaciado los ojos, la boca la tenía entre abierta y se la podían ver los globos oculares entre los dientes, era rubia y a pesar del estado en el que se encontraba, se la veía que hubiera sido una mujer hermosa, la cama estaba totalmente bañada de sangre ¿Quién podía haber hecho una cosa así? ¡Qué está ocurriendo?

De nuevo los pasos por el techo, intente de nuevo abrir la puerta, pero el intento fue en vano. Me dirigí hacia la ventana, descorrí las cortinas y cuál fue mi asombro…, cuando vi que la ventana estaba tapiada, antes de llegar a la entrada del motel no había ninguna ventana tapiada, me di la vuelta y… la mujer atada ya no estaba en la cama, parecía que todo había vuelto a la normalidad, podía ser que los nervios y el cansancio me estuvieran pasando una mala pasada, decidí acostarme en la cama e intentar dormir.

Nada mas tumbarme en la cama, la temperatura de la habitación empezó a bajar de repente, el frio era cada vez más intenso, era pleno verano y cuando llegamos hacia una noche esplendida, no había aire acondicionado en las habitaciones, empezó a crearse una especie de neblina causado por el intenso frio, no sé como ocurrió pero la ventana empezó abrirse y cerrarse con gran fuerza, la neblina desapareció, el espejo de una de las puertas del armario estaba empañado y de pronto… como si alguien escribiera sobre él, se formo la palabra ¡AYUDAME!





MOTEL TERROR

Habitación 101

2º capitulo

 

La noche iba avanzando y los acontecimientos nada normales sucedían muy deprisa en la habitación, la confusión se apodero de mí y me surgieron preguntas sin saber como podía conocer las respuestas, al único que podía acudir en aquel espeluznante lugar era a mi amigo Jesús. Me levante y me dirigí a la puerta de la habitación de nuevo, con firmeza gire el pomo de la puerta  esta vez la puerta se abrió y pude respirar cierta tranquilidad al poder salir de esa espantosa habitación. La abrí despacio y con cierta cautela… ¡Pero el pasillo había desaparecido!

 Clame - ¡No, por dios! - La puerta de la habitación daba a otra habitación, era la misma de la que salía, estaba atrapado, - esto no puede ser - pense. Cerré de nuevo la puerta y la volví abrir, el escenario era  el mismo, cruce la puerta por ver si algo había cambiado, pero no, era la misma habitación. ¿Qué podía estar ocurriendo? O quizás la pregunta era ¿Qué es lo que había ocurrido en esa habitación? ¿Quién podía ser la mujer atada con alambre de espinos?

La luz de la habitación empezó a bajar de intensidad, las puertas del armario se empezaron a abrir y a cerrar solas, de pronto, se cerraron bruscamente y el ventilador de la lámpara que colgaba del techo empezó a girar con tal fuerza que las aspas salieron despedidas, una de ellas quedo clavada en una de las paredes y  la puerta de espejo del armario empezó a resquebrajarse a la vez que la silueta de una mujer empezó a reflejarse en el, era la mujer que estaba atada en la cama, lucia un vestido largo blanco por el cual se le apreciaba un avanzado estado de gestacion a pesar de ello, era esbelta y de una gran belleza natural con unos ojos de azul intenso, pero en su rostro se reflejaba odio y terror.

Lo único que se me ocurrió preguntarla era si ella habia escrito en el espejo la palabra “AYUDAME”

Me sobresalte al ver que intentaba hablarme a la vez que sus ojos se inundaban de lágrimas, cuando girando su cabeza y con la mirada puesta en la pared donde se encontraba la cama se formaban frases como: NO DUERMAS O EL TERROR TE LLEVARA A LA MUERTE. ESTAS ATRAPADO EN LA HABITACIÓN. NO DUERMAS, NO DUERMAS.

Nada mas escribir la última palabra la silueta de la mujer se difumino del espejo,  aquel mensaje me dejo sin aliento.

-¡No te vayas! – Grite. ¿Quién eres? ¿Qué puedo hacer? Mis preguntas se quedaron en el aire  que se respiraba en la habitación.

El teléfono empezó a sonar, no lo deje sonar más de dos veces lo descolgué…

-¿Quién es?- Pregunte.

-No duermas- era una  voz temblorosa de mujer.

-¿Que quieres de mi?- Le pregunte.

-Serás victima para alimentar a los hijos endemoniados de la muerte, - no duermas - Esas fueron sus ultimas palabras, despues el telefono se quedo sin tono.

Aquella situacion empezo a atemorizarme, ¿cuanto tiempo podria estar sin dormir? Mis pensamientos empezaron a imaginar como seria una muerte, por sueño, cansancio, seria horrible como los sentidos se irian atrofiando, tampoco tenia nada para comer dentro de la habitacion y pense que todo tenia  que ser una pesadilla aquello no podia ser real lo que me estaba ocurriendo, no podia ser real.

Cuando por debajo de la puerta, vi como echaban lo que parecia una carta, me acerque a la puerta para ver lo que era, efectivamente era una carta con manchas rojas parecian gotas de sangre, me dispuse abrirla para ver su contenido, eran varios folios escritos a mano los cuales decian: <<Mi nombre es Laura, yo tambien quede atrapada en esta habitacion y no he sido la unica persona, aguante unos dias hasta que el sueño me vencio. No se como sali de la habitacion pero cuando desperte, me encotraba atada con uno alambre de espino en una cama de medio cuerpo para arriba, el lugar era lugubre, era un habitacion con paredes de piedra, candiles colgados de las paredes, la luz era mas bien escasa pero podia ver algunos detalles como una cuna al lado de donde estaba tumbada, no puedo decir el tiempo que transcurrio, desde que me trasladaron a ese horrendo lugar, pasado un tiempo senti como alguien se acerco a la cabezera donde me encontraba y con voz ronca me susurro al oido.

-Vas a sentir un placer que nunca has sentido, mi nombre es TERROR- Nada mas decirme eso se dirigio a la zona opuesta de la cabezera, senti como se tumbaba encima de mi y oprimia su cuerpo hacia el mio a la vez que bruscamente me separaba las piernas, mis gritos no tenian sonido, no me podia escuchar por mas que lo intentaba, cada vez que intentaba moverme los espinos del alambre me rasgaban la carne y se me intoducian en ella, fueron unos minutos de penetracion que se me hicieron interminables sentia como se me desgarraban mis partes intimas, a la vez que me penetraba con algo frio como el hielo, su vestimenta era una capa con capucha negra que le cubria todo el cuerpo, era un cuerpo sin rostro, cuando acabo la penetracion se puso a la altura de mi cara y pude ver por la abertura de la capa su miembro,era como como un pene encangrenado goteandole algo de color negro y mal oliente. Con voz rasgosa me dijo -Tendras el placer de engendrar un demonio al servicio de la Muerte- esas fueron sus palabras antes de retirarse.

Engendre un demonio para la muerte y nada mas nacer, el mismo demonio que engendre durante no se el tiempo, me arranco mi alma y deambulando estoy en el mas alla.

¡NO TE DUERMAS, NO TE DUERMAS! O TUS SUEÑOS SE CONVERTIRAN EN PESADILLAS DE LAS QUE LA MUERTE SE APODERARA DE TI PARA DAR DE COMER Y SATISFACER A SUS DEMONIOS.

Esto era lo escrito en la carta que me dejo Laura.

Nota para los que habeis leido mi relato: Si quizas algun dia si os dormis, podais encontrar una carta escrita por mi, en el MOTEL TERROR.

 

Rafael Huertas

miércoles, 1 de mayo de 2013


 


 

Mis padres aquel año por circunstancias, se tuvieron que quedar en Madrid y decidieron mandarme con unos amigos con los que solíamos salir a pasar algunos Domingos al campo, menos mal que su hijo era de la misma edad que yo.

Beatriz y Antonio eran amigos de mis padres de la infancia, sus hijos Yolanda y Oscar, éramos como hermanos, bueno con Yolanda ya no, desde que empezó a usar sujetadoderes se volvió una cursi repelente, ella tenía entonces 17 años y yo 13 al igual que Oscar, mi hermano David se quedo en Madrid, según él, se quería quedar a echar una mano en casa y así aprovechaba a recuperar dos asignaturas que le habían quedado, ya que mis padres decidieron hacer reforma en casa ese verano, aunque yo sabía perfectamente que David se quedaba, porque andaba con los ojos puestos en una chica y creo que no se fiaba de que alguno de sus amigos se la quitase. Lo que hace el amor de juventud.

Beatriz era de un pueblecito de León lindando con los Picos de Europa, sus padres los abuelos de Oscar Vivian también en Madrid, pero pasaban la mayor parte del año en el pueblo y ese año decidieron pasar allí las vacaciones, tanto Oscar como yo hubiéramos preferido que ese año el destino hubiese sido algún lugar de la costa.

Aquel año se preveía que los termómetros siempre el mercurio estuviese a punto de reventar más de un termómetro. Llego el día de partir, de mi padre me despedí la noche anterior ya que él trabajaba, mi hermano la noche anterior me estuvo dando consejos de cómo podía ligar con las chicas del lugar y si veía en la ducha a Yolanda que le llamase para contarle como era el tamaño de sus pechos, el muy depravado, mi madre mujer muy prevenida me tenia hecha la maleta hacia unos días, al verla pensé que diplomáticamente me echaba de casa, me sobraría la mitad de ropa que me llevaba, sobre todo a lo de lana, Beatriz la debió comentar que por las noches refrescaba en el pueblo, pero de llevar ropa porque refrescaba a llevar a llevar ropa de abrigo, hay diferencia, digo yo. Una vez cerrada la maleta, metidos los libros para repasar en la mochila, vinieron los consejos de madre cuando te separas unas semanas de ellas. Haz caso a lo que te digan, comete todo lo que te pongan sin rechistar, estaros tanto Oscar como tú en casa a la hora que os digan, no os acostéis tarde, nada de dar malas contestaciones, lávate los dientes después de que comas, repasa y haz los deberes que te han mandado en el colegio, etc, etc… Y gracias a que llegaron a recogerme, si no, acaban las vacaciones y estaría todavía con la retahíla de consejos maternales.

Serian las 9:00 de la mañana cuando llegaron a recogerme, menos mal que el coche que tenían los padres de Oscar era un monovolumen, metí mi maleta y mochila en la parte trasera, por la puerta detrás del conductor se acoplo Yolanda, deje que pasara antes que yo Oscar así quedaría él en el medio al lado de su hermana, pues llevaba unos pantalones cortitos y una camiseta ceñida marcando pecho y la verdad, no me apetecía nada ir todo el camino sonrojado echándola miradas, la verdad he de decir que en aquella época era un chico tímido donde los hubiera.

 


El viaje

Había amanecido un día muy luminoso, con cielo azul totalmente despejado de nubes, una mañana espléndida para viajar, a esas horas el sol todavía no descargaba con sus rayos mucho calor, Antonio llevaba en la consola central del coche varios cds, hasta que salimos a la autovía llevaba puesta la radio. Yolanda, Oscar y yo, llevábamos nuestros correspondientes mp3 y con los cascos preparados por si la música que nos ponía Antonio no era de nuestro agrado, yo sabía que tenía más o menos los mismos gustos que mi padre en lo referente a la música, la verdad que a mí no me desagradaba mucho la música de los 70 y 80, una vez en la autovía el primer cd que introdujo en la ranura de la radio fue `` Dire Straits - Sultans Of Swing ´´ mis cascos de momento se quedaron encima de mis piernas, mientras que Yolanda nada más arrancar su padre y doblar la primera esquina se los puso y Oscar iba entretenido explotando globos de un juego en su Nintendo.

Esa canción la ponía mi padre cada vez que salíamos de viaje aunque fuera a cualquier pueblo de los alrededores de Madrid, no sé si fue por la canción pero me empezaron a venir recuerdos de otros veranos pasados, hubo unos años que íbamos de camping a la zona de Valencia, esos fueron de lo mejor, esa libertad sin horarios, tan solo para la comida y la cena, las noches mirando las estrellas tumbado en la playa con los amigos que te hacías nada más llegar e instalar las dos tiendas de campaña que llevábamos.

Pero volvamos al viaje… transcurridos unos cien kilómetros, Oscar dejo de jugar con su consola y se quedo dormido, Yolanda seguía con sus auriculares puestos, los ojos cerrados y por sus movimientos de cabeza casi seguro que escuchando música movida, en la radio del coche Antonio llevaba puesto un cd recopilatorio de Los Beatles, mientras yo miraba por la ventanilla e imaginándome como seria el pueblo donde iba a pasar mis primeras vacaciones sin mi familia, según me había contado Oscar se juntaba parte de la familia de su madre, tías tíos primos y por supuesto sus primas que según el seguro que me gustarían todas. Llego el momento de que el monovolumen de Antonio necesitaba ser repostado de combustible y nosotros estirar las piernas, y alguno que otro hacer necesidades fisiológicas, estábamos a unos cien kilómetros de nuestro destino. Beatriz dio dinero a Yolanda para que comprase algo para engañar el estomago hasta que llegásemos al pueblo, era una chica de buen ver, pelo negro como el tizón iba con cola de caballo, pelo rizado, ojos almendrados tan oscuros como su pelo y aparte del pelo lo que llamaba mucho la atención eran sus labios bien marcados ante el color moreno de su piel, ella sabía que era una chica que gustaba y enamoraba a primera vista, lo que la empeoraba de su persona era su carácter prepotente quizás por ser una joven que dejaba prendidos a los chicos, a mi me gustaba también pero con ella mi me llevaba ni me dejaba de llevar, cada uno teníamos nuestro territorio y el mío en aquellas circunstancias solo lo compartía con mi buen amigo Oscar, este era de esas clase de amigos que te enfadarías solo con él, si no te acompañaba a la tumba, nos criamos juntos y nos llevábamos solo dos meses, como a mí no sé si por la edad, pero las chicas que nos gustaban eran las que creíamos que su amistad era lo principal, no vayáis a pensar que no nos gustaban las chicas, claro que nos gustaban y teníamos buen gusto para ellas. Acompañamos a Yolanda a la tienda de la gasolinera, cogió unos paquetes de patatas fritas y nos mando con algo de superioridad que fuéramos a cojer unas latas de refresco frías y con un rin tintín muy particular de ella y mirándonos de arriba abajo nos pregunto que si queríamos, podíamos coger unas bolsas de chuches, Oscar y yo cruzamos miradas y entre sonrisas las cogimos. Una vez todos subidos en el coche, Oscar ofreció chuches a sus padres.

-Umm, que ricas hacía tiempo que no las probaba - comento su madre.

-¡Oye niño a mi no me das! - exclamo Yolanda.

-¿Y si te salen lombrices? – contesto Oscar.

Todos sonrieron por la salida de Oscar, yo no pude contener la risa y con la mano puesta en la boca gire la cabeza hacia la ventanilla para disimular, cuando se me paso la ofrecí de las mías y sin apartar los auriculares de sus oídos y dando un codazo a su hermano me cogió un par de ellas. Así era la bella Yolanda, aunque en el fondo era una buena chica.

El viaje fue de lo más agradable, a falta de pocos kilómetros y creo que por lo bien que nos habíamos portado, Antonio y Beatriz nos deleitaron con algún que otro dúo a su manera de La puerta de Alcalá y de algunas otras canciones de los 80.

La carretera de entrada al pueblo, estaba en sus lados cortejada por grandes chopos que daban sombra a los paseantes de las tardes calurosas del verano, a lo largo de varios kilómetros.

Continuara…

sábado, 20 de abril de 2013



 

Creo que algún día me desnudare, pero mi desnudo será interior, espero poder algún día hacerlo sin necesidad de estar delante de un espejo, sin semejanzas a lo que vea.

Mirar en el interior de todos mis sentimientos, sobre todo los que están cicatrizados de tanto daño como han soportado, rencor nunca, perdonar siempre y en ciertas ocasiones sin olvidar.

Hacer un viaje al pasado desde lo mas profundo de mi conciencia antes de que sea demasiado tarde y quizás algún día la pierda, quisiera recordar las veces que no perdí perdón, por sin saber y sin querer pude hacer mal, seguro que serán muchas las veces y tener el valor de pedirlo antes de que pierda la valentía.

Mirar en el interior de mis manos y recordar el tacto de otras que me acompañaron entre las penumbras y secaron en momentos mis lágrimas, recordar también los momentos en los que las tendí y me las rechazaron quizás porque temblaban de miedo.

Recordar de nuevo el olor a madre, a hijas recién nacidas, las fragancias impregnadas de otras pieles que no volveré a oler.

Quizás lo peor será ver mi corazón desnudo ya cansado, ofrecido tantas veces. Orgulloso puedo estar de haberlo compartido tantas veces, unas por amor, otras por amistad y siempre con sinceridad. De lo que puedo estar orgulloso es que la mayoría de las veces ha sido correspondido con un <Gracias>. Seguro estoy que en mi desnudez interior no encontrare un ápice de rencor.

Sé que el día que llegue el momento de mi desnudez interior, tendré que arrepentirme, lamentarme, volver a llorar, pero intentare hasta que llegue el momento de tener mi conciencia limpia. También recordare los buenos momentos que están dentro de mi interior, esos que me han empujado a seguir riendo, a seguir disfrutando de la amistad, del amor que di y sigo dando, también del que recibí y sigo recibiendo, de los sueños hechos realidad.

No sé, si el día que me desnude interiormente, estará cercano o lejos, pero si me gustaría hacerlo con la única compañía de mi soledad y compartir con ella mi desnudez interior.

 

Rafael Huertas   

viernes, 29 de marzo de 2013



 

Una mañana de primavera lluviosa y la verdad no muy fría, ya que era a mediados de Marzo. Acompañe a un amigo hacer una gestión a un banco, el cual estaba ubicado en un local grande y como todos bien emplazado, hacia esquina a dos calles, la entrada al banco daba a la calle más concurrida de las dos, en la mitad del lateral del local, entre la marquesina de cristal del local y el borde de la acera con el asfalto de la calle, había un murete de aproximadamente un metro cincuenta y de unos tres metros de largo. En lo que mi amigo hacia la gestión en la caja, situada a la derecha del interior del local yo me quede viendo a través de las marquesinas acristaladas como caía una fina lluvia de las que te empapan hasta los huesos.

A través del cristal blindado del local vi algo que me dejo tocado durante todo el día, entre el murete y el lateral del local, una persona durmiendo, no se le veía el rostro ya que estaba girado hacia el murete y completamente tapado con varias mantas, estaba sobre dos colchones, en su cabecera dos cajas de cartón apiladas llenas no se dé que y un carro de un supermercado lleno y no de comida, si no de bolsas de plástico aparentemente con ropa, esos eran todos sus enseres y posesiones para pasar los días, lo que me llamo la atención y a la vez me dio que pensar, era lo surrealista del emplazamiento del murete que hacía de dormitorio para el indigente y la instalación en el interior del banco donde la cajera en ese caso, trabajaba y manejaba dinero, mientras cada vez que levantase la vista, viese a través de unas lunas lo más seguro blindadas, a una persona sin un techo donde cobijarse y quien sabe las veces que se llevaría algo al estomago, no quiero pensar ni imaginar lo que a esa mujer, en su lugar de trabajo se la podía pasar por la cabeza cada vez que levantase la cabeza después de contar billetes tras billetes.

Mi amigo y yo salimos del banco comentando la situación y sin ganas de volver a entrar a cualquier otro banco y no porque quizás en muchas situaciones como la que vimos en esa mañana ellos fueran los culpables, aunque en estos tiempos que corren sí que ellos podían solucionar el aumento de gente que se queda sin techo.

Comentando lo que había visto en esa mañana tan desapacible de primavera con un comerciante de la calle principal, me comento que el indigente se le veía una persona no problemática, que por las mañanas se acercaba a una cafetería enfrente de donde tenía su aposento y le permitían utilizar sus aseos para sus necesidades y aseo personal y donde le ofrecían la bollería sobrante de la mañana.

Espero que algún día no tengamos que ver, ni a través de marquesinas con cristales blindados, ni en parques, ni en calles donde haya cobijos para noches frías y desapacibles, a personas que aparte de serlo son seres humanos.

 

Rafael Huertas

Reflexiones en soledad

 

Un día con la compañía solo de la soledad, hice un repaso a mi vida, me di cuenta de la falta de perdones que tuve que pedir y cuantas veces me equivoque.

Recordé también a esas malas personas que pasaron por mi vida, aunque he intentado olvidarlas en infinidad de ocasiones, tengo que darles las gracias de lo feliz que me hicieron cuando desaparecieron de mi lado.

Si nuestras vidas fueran una película ¿Cuántos fotogramas quitaríamos de ella? Creo que sin tener esa oportunidad, lo mejor es recordarlas para así no tener  que decir ¡Corten! No tenemos el dominio de detener el tiempo, pero sí de rectificar cuando hay posibilidad.

Rafael Huertas
 

domingo, 3 de febrero de 2013

El trompetista



 

Me había ubicado hacia poco en la ciudad y esa tarde noche decidí darme un paseo por el centro.

Fue un día frio de invierno, por las calles los viandantes andaban deprisa para llegar a sus destinos como yo, a los lejos empecé a escuchar el sonido de una trompeta, me dirigí hacia la zona  para escucharla más de cerca, la calle de la cual salía ese sonido tan peculiar de una trompeta, era una calle con soportales los cuales a la vez de dar refugio a los viandantes y al músico, hacían de caja de resonancia a las notas musicales celestiales del instrumento. Era unas de las calles principales de la ciudad que desembocaban en la plaza mayor, tenía soportales ambos lados de la calle y allí estaba él, un músico callejero que imagine que se ganaba su sustento para vivir haciendo de su instrumento su modo de vida. La calle era peatonal la cual daba a lo que era el centro de la ciudad, una gran plaza rodeada también de soportales, los cuales hacían de apoyo a viviendas con balcones con barandillas de balaustradas de madera todas en perfectas condiciones. El músico un hombre entrado ya en los cincuenta, con la tez curtida y perilla bien recortada, iba vestido con pantalones negros, un chaquetón de piel vuelta de borrego, una bufanda larga colgando, guantes de piel negros recortados por los dedos y una boina a lo Che Guevara. No soy un experto en música, pero quede cautivado por su manera de tocar al igual que las personas que se paraban unos instantes para escucharle y agradecerle esos minutos celestiales de música, echándole unas monedas a un maletín en el cual transportaba el instrumento, de color plateado resplandeciente. A unos metros de donde tenía montado su escenario sin bambalinas había una cafetería, después de escucharle un par de obras musicales, me acerque a él y le pregunte…

-¿Me permite que le invite a un café?

- No gracias, todavía necesito sacar unas cuantas monedas más.

Entre a la cafetería a tomar un café ya que era lo que apetecía en la noche fría, desde el interior del establecimiento se escuchaba de fondo las notas musicales del músico callejero, lo que llamo mi atención era que las mesas más ocupadas eran las que estaban más cercanas a la calle, me di cuenta que no era yo solo el que se quedaba embelesado escuchándole. Al salir de la cafetería vi como el músico recogía su pequeño escenario y en un pequeño apartado del maletín de la trompeta echo las monedas esparcidas que había en el interior, cogió un paño y como de una pieza de museo se tratase, limpio su instrumento, aunque yo diría más bien que lo acariciaba.

Me acerqué a él…

-Buenas noches de nuevo, no quiero incomodarle, solo quería saber si mañana tocara también aquí, me gustaría saber a la hora que viene.

-Suelo venir siempre por las tardes, por las mañana me dedico a buscar trabajo.

-Gracias es usted muy amable y buen músico, espero poder escucharle mañana de nuevo, buenas noches y gracias.

Me dirigí al hotel donde me hospedaba, hasta que encontrase algo para alquilar ya que tendría que pasar una larga temporada por cuestiones de trabajo, de camino el frio seco, las estrellas que querían arroparse junto a la Luna llena y las ondas de las melodías de la trompeta que todavía tenía retenidas en mis oídos me acompañaron hasta llegar al hotel.

A la mañana siguiente, antes de dirigirme al trabajo fui a tomar un café a la cafetería donde la noche anterior estuve escuchando las últimas melodías interpretadas por el músico callejero. Me había fascinado como hacia hablar a su instrumento ¡Sí hablar! Porque creo que aparte de las composiciones que salían de su trompeta, a través de ella pronunciaba también sus sentimientos.

Pregunte al camarero por el músico…-¿Sabe a qué hora se suele poner a tocar el músico?

-Suele venir entrada la tarde.

-Y durante el día ¿sabe si toca en otro sitio?

-No, no lo sé de hecho casi nunca entra en el establecimiento, algún día incluso le hemos invitado a un café para agradecerle el hecho de que muchos clientes vienen a tomar algo simplemente por el hecho de escucharle tocar y siempre se ha negado.

 Salí de la cafetería, con la intriga de saber algo de él. El día le tenía libre y lo quería dedicar a conocer un poco la ciudad y de paso ver si encontraba algún piso para acomodarme los meses que iba a estar en la ciudad. En frente de la cafetería había una farmacia la cual tenía un cartel de se alquila piso, pase a preguntar por él... La farmacia era la típica botica antigua, con sus botes de loza en los estantes de madera trabajadas, estaba justo enfrente donde emplazaba su humilde escenario el músico, junto a una de las columnas de los soportales, tumbado y mirando al frente, un perro de no sé cuántos cruces de razas podía tener, su aspecto era de abandonado una oreja toda estirada y la otra caída, su mirada la tenía fija hacia donde se emplazaba el músico…

 

El trompetista II

 

-Buenos días, venia por lo del piso en alquiler.

-Buenos días, si acompáñeme por favor.

Me acompaño a ver el piso la farmacéutica.

-Mi nombre es Diego.

-Encantada el mío es Sagrario.

Era una mujer amable de trato muy agradable, el piso estaba encima de la farmacia, la entrada estaba justo al lado del local, el piso era muy espacioso y luminoso, estaba amueblado con muebles de época, con buen gusto, parecía tener historia la vivienda.

-Me gusta…, la comente. Después de hacer el trato sobre la condiciones de alquiler, me dio las llaves y la invite a tomar un café. No pude quedarme con la curiosidad de saber si ella sabía algo sobre el músico.

-Lo poco que se dé él es, que se llama Luis, su padre y el mío fueron grandes amigos hasta que su padre se fue con una compañía de varietés, su padre también era músico y también tocaba la trompeta, mi padre estuvo en contacto con él por cartas hasta que se casó con una vedet de la compañía. Luis no hace mucho que se emplazó en la ciudad, un día empezó a tocar enfrente a la farmacia, mi padre era el farmacéutico y el primer día que lo escucho tocar, tubo la corazonada de que esa trompeta la había escuchado hacía ya muchos años y no dudo en acercarse y hablar con él, al preguntarle por su identidad, mi padre lo abrazo y le conto de su amistad con su padre. Desde entonces mi padre no dejaba de contarnos historias pasadas en compañía del padre de Luis, mi padre padecía una enfermedad que no tardo en llevárselo, lo único que le puedo decir es que desde que Luis apareció hasta su muerte, fue como un empujón para luchar unos meses más en su lucha contra su enfermedad. Por lo demás, en la ciudad nadie sabe más de su vida anterior antes de llegar a la ciudad.

-Gracias por contármelo, la verdad es que embelesa con su forma de tocar.

-Sí, es verdad nosotros estamos encantados con que nos deleite con su música.

Al salir de la cafetería acompañe hasta la puerta de la farmacia a Sagrario, allí estaba el perro, tumbado al pasar por detrás de él, se giró y me miro moviendo su rabo si es que se le podía llamar así, lo tenía de manera enroscado que parecía una ensaimada, me dirigí al hotel a por mis enseres, para ubicarme en el piso.

Ya con mis cosas en el piso, baje y me dispuse a ir a la cafetería a comer algo, nada más salir vi a Sagrario echando el cierre a la farmacia.

-Hola Sagrario voy a comer ¿Me permites que te invite?

- También me dirigía hacerlo. Ya que usted es el forastero, por ser la primera vez invito yo, suelo ir a un restaurante que está en las afueras de la ciudad.

-Está bien acepto y por dios, el de usted, de ahora en adelante quítatelo de tu vocabulario hacia conmigo.

La comida fue muy amena, me estuvo contando episodios de su vida…, una vez terminada la carrera de farmacia en la capital, se vino de nuevo a la ciudad ayudar a su padre en la farmacia ya enfermo, su madre falleció siendo ella una niña, era hija única, estaba soltera y con ganas de vivir bien la vida dentro de sus posibilidades. El piso, me dijo que fue donde vivió la familia, ella tenía su propia vivienda y el hecho de alquilarlo, aunque no tenía necesidad, siempre la venia bien un extra. Era morena con el pelo corto, ojos rasgados algo verdosos, de muy buen ver y de unos cuarenta años.

-Perdona que te pregunte sobre el músico, parece como si su música me hubiera calado muy adentro.., la comente.

-¿Recuerdas algo más sobre el músico?

-Lo que más se ha quedado grabado de él, bueno más que de el, el tema y la forma de tocar el tema <El silencio> en el entierro de mi padre, la verdad que no le vi y los que allí se encontraban tampoco, nunca le vieron en los alrededores, a los pocos días después del fatal desenlace para mi, cruce la calle y le di las gracias por el detalle, su respuesta fue…,-no fui yo quien toco, seguro que fue algún ángel-. Desde entonces las únicas palabras que he cruzado con él han sido para saludarle. Mientras Sagrario, me contaba ese episodio, unas lagrimas descendieron por sus mejillas y a mí de imaginármelo se me puso el vello todo erizado.

Las horas que pasamos conversando durante la comida y  la sobremesa, se nos hicieron cortas, nos dirigimos de nuevo hacia el centro de la ciudad. Y como no, allí estaba el perro sin cambiar de postura esta vez sentado y con su mirada fija donde se ponía el músico, parecía como si no quisiera perderse ni una actuación del músico. Sagrario abrió la farmacia y yo me subí al piso, pues aun me quedaba algo de ropa por guardar. Salí al balcón, no es que fuera muy espacioso había una mesa redonda de  forja a juego con dos sillas, la tarde aunque era algo fría, me apetecía fumarme un cigarrillo tranquilamente, mirando en uno de los muebles de la cocina encontré una botella de vino sin descorchar, tenía ya sus años, la abrí y aunque no entiendo de vinos me pareció que se encontraba bien para el paladar, me puse un abrigo y salí al balcón acompañado de la copa de vino y la botella, nada mas encender el tan deseoso cigarrillo, empecé a escuchar la melodía de la primera canción que interpretaba el músico. Me levante de la silla para verle, pero era imposible aunque la calle era ancha el estaba justo pegado a la pared del edificio de enfrente. Estuve en el balcón hasta que escuche el cierre de la farmacia, un impulso me hizo dejar la copa de vino y la botella para bajar por si veía a Sagrario, pero no fue posible, al bajar ella ya se había ido. Creo que me empezaba a gustar.

Cruce la calle para acercarme y en el primer instante que pudiese, hablar con Luis, en cuanto termino una de la interpretaciones, me acerque y le comente…

-Perdone que le moleste, pero me gustaría tomar un café con usted y saber algo del padre de Sagrario…, el se quedo sorprendido, pero creo que acerté con la escusa para poder entablar una conversación con él.

-Está bien, una vez que acabe ¿dónde quiere que nos veamos? Me pregunto…

-Si le parece en mi casa, he alquilado el piso de encima de la farmacia, así me hace el honor de ser el primer invitado para tomar un café.

-Allí nos vemos, entonces…, no pareció poner ninguna excusa, creo que le pille algo fuera de lugar al nombrar al padre de Sagrario.

 

 


 

Las horas fueron pasando, el balcón lo dejé entreabierto para escuchar el sonido de la trompeta, mientras tanto preparé algo sencillo para cenar. El silencio de la calle lo rompía el ruidoso chirriar de los cierres metálicos al caer de los establecimientos.

Sonó el timbre…, abrí la puerta, era Luis, traía en su mano el maletín de su instrumento, pero un momento…, no venía solo venía acompañado del perro de la calle, a mi no me importaba ni me molestaba su presencia, pero…

-Buenas noches Luis, mi nombre es Diego.

-Muy buenas noches Diego.

-No sabía que el perro fuera suyo, Luis.

-No, no lo es, pero nada más abrir la puerta se me adelantó y no puede hacer nada para que no subiera, si quiere lo cojo y lo bajo a la calle.

-No, déjalo a mi no me molesta siempre y cuando no destroce nada, sabes que el piso no es de mi propiedad. No he cenado todavía y he pensado que podías acompañarme a picar algo antes de tomarnos un café.

-Se lo agradezco, pero antes de nada quiero que sepas que no soy un mendigo ni ando por la vida intentando dar pena.

-No, por dios, no es mi pensamiento sobre ti, pero si te he molestado con no probar bocado todo solucionado. Lo único que tu forma de tocar me ha fascinado, llevo pocos días en la ciudad y desde que escuché como tocabas y viéndote, más parece que acaricias la trompeta, me embrujó su sonido, se que suena raro, pero estos días no he podido quitarme de la cabeza sus sonidos, cada sonido cada tono…, no sé cómo explicarlo, por eso quería conocerte a ti que eres el artista, aunque no entiendo nada de música, pero creo que eres un gran músico y se te ve mejor persona.

-Te agradezco los elogios.., me contesto Luis.

No pusimos a picotear algo de fiambre y algunas latas de conservas, acompañandos con la botella abierta que encontré en la cocina. Mientras, el perro se sentó también al pie de la mesa, no nos quitaba ojo, no sé si por no perderse alguna frase de nuestra conversación o por coger al vuelo algún desperdicio de comida, una vez engañados nuestros estómagos, recogí la mesa y lo poco que sobró de fiambre y de pan se lo puse al perro en un plato,  para que degustase también de la pobre cena. Me levanté a por la cafetera con el café recién hecho, nos sentamos en el sofá, le pregunté que si fumaba…

-No gracias.

-Si no te molesta yo sí aunque no mucho, pero hay momentos en los que fumar un cigarrillo se me hacen más especiales.

-No, no me molesta estás en tu casa, hubo un tiempo en que fumaba, pero lo dejé.

-¿Cómo es que viniste a esta ciudad?- Le pregunté…, para entrar en situación.

-Aunque no sea de aquí, esta ciudad siempre la he llevado conmigo gracias a mi padre, el nació aquí, su juventud la pasó entre estos soportales y la plaza, ensayando con la trompeta que le regaló mi abuelo, hasta que conoció a mi madre, bailarina de la compañía que actuó en la ciudad, la compañía le contrató y sus vidas transcurrieron de escenario en escenario, hasta que nací yo. Mi madre dejo de trabajar, al cumplir yo los siete años, para poder atenderme mejor, la ilusión de mi padre era que estudiase música, pasaron los años y nos instalamos en la capital ya que la compañía después de cada gira por todo el país, acababa siempre en la capital. Mi infancia, hasta entonces la pase entre bambalinas como espectador privilegiado, desde que empecé a soplar y mi padre no actuaba, mi juguete fue su trompeta.

Éramos una familia feliz, hasta que a mi padre le detectaron una enfermedad pulmonar y tuvo que reducir sus actuaciones, en una de esas actuaciones, una noche al salir del teatro donde actuaba, unos maleantes le delinquieron para robarle, no solo le robaron el poco dinero que llevaba, sino que también quisieron robarle su trompeta, su herramienta de trabajo con la cual sacaba el sustento de su familia. Según nos conto, después de entregarles la cartera le pidieron que les entregase el maletín, mi padre se negó rotundamente y durante el escarceo que tuvo con ellos, pudo abrir el maletín donde llevaba su trompeta y la utilizo como arma para defenderse, a mi padre le encontraron en la calle herido y agarrado a una de las partes de la trompeta que quedo útil. Una vez recuperado de las heridas y magulladuras de la paliza, todo su afán era arreglar su instrumento, nos dijo que se tendría que ausentar unos días para llevarla a reparar.

La verdad es, que mi madre y yo pensábamos que la trompeta no tendría arreglo, estaba hecha pedazos, aunque mi padre pudo recoger los trozos esparcidos del instrumento, después de golpear a los maleantes y los que se llevo no sabemos contra que. Le intentamos convencer que sería mejor comprar una nueva, con lo que costaría arreglar la vieja, mas el viaje y la estancia de lejos de casa, se podía comprar una igual o aun mejor.

Siendo en vano nuestros intentos de convencerle, llego el día en que salió de casa con el maletín maltrecho y las piezas de la trompeta dentro. Pasaron ocho días desde que se fue cuando… Desde la calle pudimos escuchar el sonido de la trompeta, era mi padre tocando su instrumento, sin ver la trompeta yo sabía que era la misma incluso puedo afirmar que incluso sonaba mejor que antes, mi madre y yo nos asomamos a la terraza, y ahí estaba mi padre, en la calle con la trompeta izada al cielo y rodeado de gente escuchándole.

Pasado unos meses mi padre falleció,  la situación económica a mi madre y a mí nos fue mermando, aunque mi madre trabajaba limpiando cuando le salía alguna casa. La paga que la quedo de viudez, no llegaba para que yo entrase en el conservatorio como mi padre quería, mi madre no quería que yo dejase de estudiar en aquel tiempo yo tenía dieciséis años, para pagar la matrícula del conservatorio, mi madre me comento que empeñando la trompeta de mi padre nos ayudaría a pagar la matrícula, yo me negué en rotundo una y mil veces, mi madre me dijo…,-Hijo si viviera tu padre haría lo mismo que yo.- Tenía que pensar que el sueño de mi padre era que yo estudiase música y no le podíamos defraudar.

Muy a mi pesar, acompañe a mi madre a la casa de empeños, con lagrimas en los ojos mi madre y yo dejamos la trompeta, el valor de ella era el triple de los que nos dieron, fueron pasando las semanas, cuando un día recibimos una llamada telefónica de la casa de empeños para que fuéramos hablar con el responsable de las ventas.

Nos recibió el encargado de ventas.

-Le he hecho venir, porque el instrumento que empeñaron aquí hace varias semanas,  tiene mucha aceptación para la venta, pero cada vez que se lleva un cliente la trompeta nos viene con el instrumento llamándonos estafadores, quienes se la llevan no son capaces de hacerla tocar una nota.

-Por favor si no le importa, traiga la trompeta y que la pruebe mi hijo…, le dijo mi madre…

Recuerdo que, con las manos sudorosas cogí la trompeta.., a mi mente vinieron recuerdos de mi padre tocándola, desde de su muerte no saque nunca le trompeta de su maletín.

La cogí, la puse entre mis labios temblorosos y las notas fueron saliendo como si de una fábrica de melodías se tratase…, el señor de la casa de empeño quedo asombrado, no se lo podía creer.

-Les pido perdón, pero parece cosa de magia, si no lo escuchan mis oídos no me lo creo, todas las personas que han venido a comprarla y entre ellas músicos, no han sido capaces de sacar una nota de ella…, nos comento el hombre todo asombrado.

-Si les parece y se la quieren llevar, me dan lo que se les pago por ella y tan amigos…

-El dinero que conseguimos por ella, era para emplearlo en el sueño de mi difunto marido, el quería que nuestro hijo ingresase a estudiar música en el conservatorio y sin este dinero no podrá…, le explico mi madre. Al hombre se le cambio el semblante y tras unos segundos, su contestación fue…

-Está bien entiendo su situación, escuchando como toca su hijo la cultura a veces tiene que estar por encima de los negocios.

-Muchas gracias, es usted un gran hombre, le estamos muy agradecidos por el  detalle…, le contesto mi madre.

-Salimos de la casa de empeño, con los ojos empañados en lágrimas, después de ese día no hubo momentos que me separara de la trompeta de mi padre.

Fueron pasando los años, yo acabe mis estudios en el conservatorio, me independice de mi madre, desde entonces me he dedicado a llevar una vida algo bohemia, viviendo de lo que he ido obteniendo tocando en la calle, el día que mi madre me necesite volveré con ella, estamos siempre en contacto y así, ha sido mi vida Diego.

-¿Pero y el secreto de que nadie, sacara una nota a la trompeta no siendo tu padre o tu?

-Mi madre y yo, nunca supimos donde fue mi padre a reparar la trompeta, cada vez que le preguntábamos, su respuesta era siempre la misma dirigiéndose hacia mi...-Hijo, la trompeta fue un regalo de tu abuelo para mí, algún día será tuya, cuando ella precise de ti, las melodías que salgan de ella, te trasladaran donde la tienes que llevar-. Esa era su respuesta siempre.

-Durante unos instantes nos quedamos los dos en silencio saboreando el vino, mientras, el perro estaba tumbado sin quitar ojo a Luis.

Me quede mirando al perro, y le pregunte a Luis…

-¿Oye que sabes del perro? de los días que llevo por aquí, siempre me le encuentro al lado de la farmacia y con la mirada perdida hacia donde tú te pones a tocar.

-Lo sé, desde el primer día que empecé a tocar allí, ahí está el, debe ser que es verdad que la música amansa las fieras Diego…, me contesto con unas carcajadas.

El tiempo que pasamos juntos, fue de lo más ameno, creo que en mi corta estancia que llevaba en la ciudad había conocido a un gran amigo.

Desde entonces cada vez que oigo música la vida me sonríe de otra manera.

 

Rafael Huertas